lunes, 6 de marzo de 2017

El diálogo con la ciencia, esencial para la religión y la filosofía

La imagen del mundo derivada del desarrollo tecnocientífico puede propiciar una cosmovisión atea o, por el contrario, el teísmo

Por Juan Jesús Cañete Olmedo

Con el desarrollo tecnocientífico hemos conseguido un caudal de conocimientos inmenso y unas posibilidades prácticas asombrosas, pero nos hemos ido quedando sin brújula. Sabemos mucho y podemos mucho, pero esto no ha supuesto per se un progreso en lo humano. Aquí la filosofía y la religión tienen mucho que decir. La verdad no solo tiene que ver con causas eficientes y dominios técnicos sino con causas finales, ámbitos de sentido y razones para vivir. No se trata de dejar lo uno por lo otro sino compaginar el saber y el poder sobre el objeto, con el saber sobre el sujeto y, como no, recomponer la brújula. No olvidemos que en humano la brújula tiene que ver con ese ámbito de los significados, el ámbito de lo que nos motiva, nos afecta y nos conmueve y que todo eso apunta a lo que el creyente nombra cuando dice Dios.

Academicamente, cada vez es mayor el interés que suscita la relación entre Dios, o en su caso la religión, y la ciencia. Las publicaciones, los proyectos de investigación, los congresos o los mismos grupos de trabajo que surgen auspiciados por universidades o determinadas fundaciones así lo indican. Más allá de la propia investigación también emerge con fuerza una doble línea, tanto de encuentro como desencuentro, ambas con tintes apologéticos, una presentaría la ciencia como un campo que propicia el teísmo, la otra considera la ciencia como principal elemento nutricio de la cosmovisión atea.

Hay que reconocer que ésta última parece tener más eco mediático, aunque puede que algo esté cambiando. En este artículo, así como en otros que se publicarán próximamente en Fronteras CTR, abordaremos, de menos a más, las grandes cuestiones que plantea el diálogo ciencia/religión. En este primer artículo vamos a fijarnos en las cuestiones básicas que nos permitan contextualizar lo que, con más precisión, trataremos en otros artículos.

El ateísmo actual argumenta en dos órdenes distintos, de un lado afirmando que la creencia en Dios es irracional por estar en contra la visión científica del mundo, por el otro lado situando la religión como fuente de intolerancia y apoyo a todos los poderes autoritarios que se han dado a lo largo de la historia.

Son de sobra conocidas las ideas del llamado nuevo ateísmo de carácter cientificista [1] cuyos principales representantes son Richard Dawkins, Daniel Dennett, Christopher Hitchens y Sam Harris, pero no son sólo estos, como botón de muestra echémosle un simple vistazo al Tratado de Ateología [2] de Michael Onfray o al pequeño libro de Anthony Clifford Grayling Contra todos los Dioses [3] y rápidamente comprobaremos que la religión aparece como la causa de todos los males.

Las imágenes históricas sobre la intolerancia implícita en las tradiciones religiosas son tan sesgadas que es sumamente fácil buscar contraejemplos, e incluso mostrar todo lo contrario, la religión como la principal fuente de socialización y estabilidad para las sociedades, como recientemente nos ha mostrado Karen Armstrong [4]. Con los criterios que utilizan los antiteístas cualquier institución humana, incluida la propia ciencia, puede ser considerada como el origen de todos los males.

La creencia debe armonizarse con la ciencia
El trabajo presente no tratará sobre esa vía argumentativa que demoniza las religiones, pues creo que además de obtusa no ahonda en lo más importante del tema: no se trata de si los adeptos a las distintas confesiones religiosas han podido hacer esto o aquello, sino si la fe en Dios tiene espacio en nuestra cultura marcada por la tecnociencia, o sea si Dios es creíble en el universo que nos describen las ciencias o parece, más bien, un producto de la psique humana de origen evolutivo-adaptativo. Fernando Savater, uno de los filósofos más mediáticos de España se expresaba así:

¿Cómo puede ser que alguien crea de veras en Dios…? Hablo sobre todo de contemporáneos, de quien comparte conmigo la realidad tecnológica y virtual del siglo XXI… tras Darwin, Nietzsche y Freud, después del espectacular despliegue científico y técnico de los últimos ciento cincuenta años, ahora, hoy… ¿Sigue habiendo creyentes…? [5].

Es cierto que para una buena parte de la población occidental la religión y la ciencia se presentan como cosmovisiones enfrentadas o, al menos, que no tienen nada que ver la una con la otra, magisterios yuxtapuestos en palabras de Stephen Jay Gould [6]. La solución de Gould no nos parece la correcta, primero porque, aunque suponen perspectivas distintas de mirar la realidad, entendemos que hay muchos puntos de encuentro y potencial diálogo, y segundo porque en nuestra cultura plural la importancia que se le da a la ciencia hace que no haya áreas culturales exentas en las que no influya el progreso científico-técnico, incluida la religión [7].

En una situación en la que, por un lado, la ciencia se presenta como prototipo de racionalidad humana y la técnica como praxis por excelencia, y por el otro se evidencia que la ciencia no puede ser el referente último desde el punto de vista ético y emancipador, surge indefectiblemente la cuestión ¿qué papel juega Dios y la religión? Heidegger advirtió que la cultura tecnocientífica era la prolongación de la voluntad de poder [8] lo que implicaba un gran déficit humanístico.

Ningún referente empírico puede justificar la dignidad de la persona, ningún hecho de naturaleza científica servirá para establecer una normatividad respecto a la acción del ser humano en orden a proyectos humanizadores, la ciencia podrá ser utilizada para el bien o para el mal, los motivos para la acción no vendrán de ella. Las normas de acción o las cuestiones esenciales sobre el sentido de la realidad o de lo humano no vendrán determinadas por una razón instrumental en la que se prima la interacción sujeto-objeto, sino de la interacción sujeto-sujeto
(...)

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