sábado, 22 de marzo de 2008

PERSECUCIÓN CONTRA LOS CRISTIANOS DE IRAK

La región de Mosul (Nínive), al norte de Irak, conserva algunas de las iglesias más antiguas del mundo. Conserva también la memoria dolorida de la ancestral comunidad de los católicos caldeos que todavía hoy celebra la liturgia en arameo, la lengua que habló Jesús. En vísperas de la Semana Santa, esta probada comunidad ha visto cómo le arrebataban a su pastor, monseñor Paulos Faraj Rahho. Ante el peligro inminente podría haber elegido un camino más cómodo, el camino del exilio, pero él prefirió cargar con la cruz y seguir junto a su pueblo.

El pasado 29 de febrero, precisamente tras celebrar el ejercicio del Vía Crucis en la Iglesia del Espíritu Santo, monseñor Faraj Rahho era secuestrado en un acto de violencia inusitada en el que fueron asesinados su chófer y dos acompañantes. El demoníaco sello de Al Qaeda estuvo claro desde el primer instante: no se trataba sólo de la rapiña habitual que encuentra entre los cristianos a las víctimas más desguarnecidas, sino de una operación para extirpar la semilla cristiana de la tierra de Irak.

El propio monseñor Rahho había denunciado la existencia de un proyecto para la eliminación de los cristianos, que incluye desde los ataques con bombas a numerosas iglesias hasta la presión asfixiante que se practica contra ellos en la vida cotidiana, sin olvidar las extorsiones y secuestros que son el amargo pan de cada día para los cristianos de Irak, mientras el mundo guarda silencio.

Catorce días después de exorbitantes exigencias de dinero, armas y liberación de presos, el cuerpo del arzobispo caldeo de Mosul aparecía sin vida entre el llanto de su pueblo y la conmoción de buena parte de sus vecinos. A pesar de la espada que pesaba desde hace años sobre su cabeza, monseñor Rahho no dejaba nunca de recorrer sus parroquias y de visitar a sus fieles, y había puesto en marcha varias iniciativas de caridad y de diálogo con los musulmanes. Estaba enfermo del corazón y precisaba medicación diaria, pero todos recuerdan su actividad incesante marcada por la bondadosa sonrisa que asomaba tras la espesa barba blanca típica de los obispos orientales. "Han querido golpear el corazón de nuestra Iglesia en esta ciudad", afirmaba un de los fieles que participaron en la celebración del funeral, "él nos daba el coraje para seguir adelante, pero ahora no sabemos dónde encontraremos fuerza".

La desesperanza y la pesadumbre son magnitudes bien presentes estos días entre los cristianos de todo el Medio Oriente, y se comprende la duda sobre si merece la pena seguir en esa tierra que es su casa desde tiempo inmemorial, pero en la que ahora se les niega casi el derecho a respirar. Es preciso acoger la duda sobre si ha tenido sentido el sacrificio de monseñor Rahho. El Domingo de Ramos, Benedicto XVI explicaba el sentido del evangelio de San Mateo sobre la expulsión de los mercaderes del templo: casi todos centramos nuestra atención en la dureza de las palabras de Jesús y su acción de volcar las mesas de los cambistas, pero el Papa advierte que después, se acercaron los ciegos y los cojos que estaban en el templo, y Él los curó, mientras los niños exclamaban "Hosanna al hijo de David".

La historia de Paulos Faraj Rahho no es la de una vana ilusión frustrada definitivamente por los poderes oscuros de la historia, sino la de esta esperanza firme que sabe de quién se ha fiado y que ha experimentado ya su victoria. Toda una encarnación de cuanto vamos a celebrar en estos días.

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