martes, 22 de agosto de 2017

Eclipse total de sol: La reflexión del astrónomo director del Observatorio Vaticano

El hermano jesuita Guy Consolmagno, doctor en Ciencias Planetarias, astrónomo y director del Observatorio Vaticano, se encuentra de visita en los Estados Unidos, el único lugar en la tierra en el que este lunes 21 de agosto se podrá observar un eclipse total de sol.
El hermano Consolmagno, experto en asteroides y meteoritos, conversó el pasado jueves 17 de agosto con la revista TIME después de arribar al lugar donde se podrá observar con mayor precisión el fenómeno que tendrá una duración aproximada de 1 hora y 33 minutos: la ciudad de Hopkinsville, en Kentucky.
“Dios pudo haber hecho el universo de muchas maneras diferentes. Dios optó por hacer un universo racional, de modo que pudiéramos predecir estos eclipses con una enorme precisión, y al mismo tiempo (…) hay gozo de ver la belleza que viene, que podemos experimentar, ver su hermosura”, dijo el jesuita, quien permanecerá esta tarde en la iglesialocal de los Santos Pedro y Pablo.
Acerca del significado del eclipse, el director del Observatorio Vaticano dijo que el eclipse “nos recuerda la inmensa belleza en el universo que ocurre fuera de nuestro propio pequeño campo de preocupaciones. Nos saca de nosotros mismos y nos hace recordar que somos parte de un universo grande y glorioso y hermoso”, recordó el jesuita.
“El significado viene con mejores preguntas. Hay tantas maneras diferentes de acercarse espiritualmente a la vida. Comience con cualquier tradición suya y pregúntese, ¿qué preguntas esto evoca en usted? Y solo reflexione sobre esas preguntas en su corazón”, interpeló el científico.
En ese sentido, el hermano Consolmagno recordó a la Virgen María, y lo que se dice sobre cómo ella comprendió al niño Jesús cuando lo criaba.
“No escribió un libro de texto sobre Cristología. En el Evangelio de San Lucas nos dice que ella meditaría estas cosas en su corazón. Y simplemente tomar ese tiempo para reflexionar no es algo a lo que le dediquemos el tiempo suficiente”, recordó.
En declaraciones para WKMS News, el astrónomo aseguró que pese a que algunas personas quieren que el eclipse sea un evento sobrenatural, eso no es lo que Dios quiere.
“Las estrellas no deben ser adoradas, el eclipse no es algo para ser adorado o temido, y esto es parte de nuestra fe religiosa, es algo para disfrutar, es algo para poder sentarse y apreciar la belleza ‘bien hecha por Dios’”, enfatizó.
Para el Observatorio del Vaticano, dijo el hermano Consolmagno, el eclipse es una manera de involucrar al público, y por lo tanto, sus miembros están dando charlas en varios lugares a lo largo del camino. 
Finalmente, el astrónomo se dirigió a todas las personas que tendrán la oportunidad de vislumbrar el eclipse, aclarando a la revista TIME que no necesitan ni de un telescopio, educación o que alguien le diga lo que está mirando.
“Cualquiera que lo experimente, cualquiera que esté allí bajo la sombra de la luna experimentará el eclipse. Todos estamos bajo el mismo cielo. Esa sensación de alegría común es algo que puede unirnos y animarnos a querer aprender más”, concluyó.

lunes, 21 de agosto de 2017

El papa Francisco: político como el Evangelio

Hace algunas semanas tuve oportunidad de alojarme en el Colegio Máximo San José en la ciudad de San Miguel, Argentina. Pasada la puerta principal encontré un banner con una fotografía ampliada del papa Francisco y una leyenda que grosso modo rezaba así: en este lugar vivió y enseñó el actual papa Francisco. Mientras estuve allí, oí a algún lugareño decir: “El Papa no se anima a visitar Argentina por la culpa de Cristina Fernández”. Aunque no es un aserto que haya escuchado muchas veces, tomé nota porque me hizo pensar.
En efecto, esta afirmación, acaso ligera, se confunde con otras que deslizan la idea de que el actual papa Francisco destila acciones de color político; y tanto es así que distintas personas a su alrededor, sean creyentes o no, interpretan políticamente sus gestos o la ausencia de estos. Hasta ahora recuerdo la fotografía del Pontífice junto a Donald Trump y los análisis que se hicieron hasta de su mirada cabizbaja. ¿Qué tan cierto es que Francisco sea político? Sin duda lo es, pero en el mejor sentido de la palabra porque su motivación explícita posee un arraigo espiritual. ¿Cuál es este “buen sentido” de la política y cómo la Iglesia puede transmitir de manera pertinente un discurso político?
Si hay un “buen sentido” de la política es porque también hay uno que no lo es. El “mal sentido de la política” se hace visible a través de una práctica que relega el bien común. Esa política, que abunda en nuestro medio, prolonga el ejercicio del poder como dominio sobre los demás y ya que no está orientada por el bien común, solo esperará la oportunidad para sacar partido obteniendo riquezas, honor o el engorde del propio ego. El buen sentido de la política, en cambio, entendida desde la cosmovisión creyente, es hacer vivo el Evangelio, escuela por excelencia del bien común. Desde este pozo al que Francisco apela con frecuencia, el Papa despliega una política interna y otra externa. No creo que sea el espacio de desarrollar in extenso lo que representa este actuar público; todavía es pronto para evaluar las consecuencias políticas de este pontificado. Baste por el momento señalar que el Papa no hace quites al espacio público especialmente si a través de la política puede hablar del Evangelio como palabra liberadora de las realidades más penosas y de las personas más sufridas de la sociedad. Cierto, lo primero es la misericordia (¿quién soy yo para juzgar?) y a través de este ejercicio del pontificado se nos recuerda con claridad que si en nuestra cosmovisión de la vida y en nuestra manera de hacer las cosas, postergamos la misericordia, habremos olvidado para siempre el Evangelio. En este sentido, en la política interna, no se puede ocultar que la misma Iglesia ha desdeñado alguna vez este criterio y se ha convertido en un instrumento de control; por eso nos hacen falta pastores con olor a oveja, es decir que estén cerca de las preguntas y necesidades de la gente de a pie. Y en el ámbito externo, si hoy la política parece el escenario de lo irracional y de la guerra por conquistar una parcela, el Evangelio enseña la esperanza activa en lo razonable.
En enero próximo nos visita el Papa. Para salir de lo anecdótico de esta visita pastoral, hay que centrarse en lo que significa este pontificado cuando el descreimiento y el tedio que se siguen de cierto secularismo pasan por nuestras vidas dejando a su paso una tierra arrasada.
Para muchos, la secularización solo tiene ventajas; sobre todo para aquellos que piensan implícitamente que la libertad es absoluta. En ese supuesto, algo ingenuo, la libertad no supondría responsabilidades; la secularización podría traer las respuestas para todo. No se debe negar que la religión cristiana fue desfigurada y transformada en el policía de la sociedad y así la secularización aportaría la exención de un régimen tutelar. Ahora bien, Peter Berger, estudioso de la religión y del complejo proceso de secularización ha hecho una observación que merece la pena ser atendida. Berger piensa que la secularización no ha sido capaz de ofrecer una explicación plausible al temor que generan las situaciones marginales y el riesgo de la anomia. Ya podremos hablar, como lo hace Habermas, de postsecularidad, pero el problema no ha dejado de ser el mismo: ¿cómo hacemos frente a situaciones que en el fondo no podemos controlar y que tienen relación con nuestros modos de experimentar la intensidad de los afectos (temor) frente a las situaciones que generamos por una libertad no discernida (marginalidad y anomia)? ¿No es este un asunto político por excelencia? Estoy seguro que esa pregunta es la que habría que resolver mirando las ciudades que ha escogido el Papa para su visita: Lima, Puerto Maldonado y Trujillo; pobreza solapada por el consumo, violencia en contra de la naturaleza de la mano con la trata de personas y violencia entre iguales pueden caracterizar a estas ciudades emblemáticas.
Por el bien de la religión católica, debemos dejar de lado visiones mágicas que olvidan la relevancia de los procesos históricos en los que los hombres y las mujeres construyen y aportan novedades a su destino último. Las grandes transformaciones políticas y sociales han sido resultado de una confluencia de intenciones y de puestas en práctica. Es decir el compromiso con un hacer. Sin perder esto de vista, la visita del Papa es un aliciente para una población creyente que quiere ver y escuchar al Papa incluso sobre temas tan sensibles como la pobreza o los abusos sexuales de miembros de la Iglesia.
Desde que el papa Francisco comenzó su pontificado ha subrayado un conjunto de criterios que no pierden vigencia. Todavía resuenan en nosotros muchas de las frases que se han convertido en slogans. Si Peter Berger recuerda cuán perentorio es responder a la marginalidad y a la anomia, se puede decir que el discurso del actual Papa está lleno de sentido porque no ha dejado de mostrar no tanto que estamos mal, sino sobre todo que tenemos la capacidad para provocar el advenimiento de la justicia. Podemos recordar así afirmaciones que expresan su deseo de tener una Iglesia pobre y para los pobres o una Iglesia que salga de ella misma y que se vuelva hacia las periferias. Aunque las resonancias sean políticas, solo se trata del Evangelio que los creyentes compartimos cada semana para animarnos a contemplar el mundo y transformar lo que todavía es penumbra. Si el mensaje del Papa puede responder mejor que la secularización a la marginalidad y a la anomia es porque no ha dejado de lado estas realidades, sino que ha propuesto iluminarlas con la luz del Evangelio. Pero más allá del Papa, gracias al Evangelio que predica, la marginalidad se hace cercanía que miramos con misericordia y la anomia se transforma en trabajo cotidiano de quienes saben que tienen responsabilidad entre sus manos. El acto político del Papa es el Evangelio y nada más.
P. Rafael Fernández Hart, SJ
Decano de la Facultad de Filosofía, Educación y Ciencias Humanas de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Publicado por la revista Ideele N° 272

domingo, 20 de agosto de 2017

Islam sí, pero no todo…

Invitado: Alfredo Sepúlveda.

En Barcelona pasé algunos años antes de afincarme, de forma definitiva, en Madrid, por otro lado mi tierra natal. Siempre percibí esa ciudad como un crisol de culturas y de anhelos de una periferia desventajada; siempre fui recibido —tal vez porque frecuentaba círculos bohemios—como uno más, sin tener problemas ni con la lengua ni con su singular idiosincrasia.
No es el momento de entrar en otras consideraciones respecto a la «cultureta» que se ha ido desarrollando en las últimas décadas.
Me gusta Barcelona; he crecido en muchos aspectos en Barcelona; la siento tan mía como los nacidos, ya sea por suerte, por circunstancias varias o por necesidad, en ese suelo y terruño privilegiado, aunque desgraciadamente, hace años que no la visito.
He sentido el dolor, como la mayoría de la ciudadanía patria y allende nuestras fronteras, al ver que la sinrazón y la barbarie destrozaban y truncaban la vida de muchas personas que, simplemente, paseaban en familia por la Rambla o estaban en las inmediaciones de su puesto de trabajo en el mercado de la Boquería. Hemos sentido como nuestros el sufrimiento de aquellos cuerpos, heridos o fenecidos, que habían sido derribados a la fuerza por unos malnacidos, aunque mantienen la dignidad que a los asesinos les falta.
Hoy es hora de recogimiento y pésame, de acompañamiento y unidad, pero también es hora de actuar. No podemos seguir como si estas acciones fuesen el resultado inevitable de unos asesinos. No podemos seguir manteniendo la cantinela de que la seguridad al cien por cien no existe, porque lo único que esconde es la inoperancia, no de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, sino de unos políticos que han corrompido, hasta la médula, sus funciones y responsabilidades. Todos quieren ser tan progres que cierran los ojos antes realidades bien palpables y que tienen algunas soluciones. Pero para ello hay que tener «dos cojones», desvestirse de estupideces pseudoprogres y enfundarse el mono de trabajo de la racionalidad y el sentido común.
Sí a la libertad religiosa; sí al Islam de concordia y paz; pero a su vez se debe actuar con la máxima dureza contra los movimientos y tipejos que, desde el Islam, quieren subvertir los valores y formas de vida occidentales. También asistir en lo posible, en sus países de origen, a las ramas islámicas moderadas que son exterminadas.
Todos conocemos que existe un Islam sunita, que a su vez tiene distintas ramas, no todas extremistas, pero entre la que se encuentra la «salafista», que considera que el Islam ha perdido su esencia primigenia debido a la contaminación con otros pueblos, y que propugna la vuelta a la época del profeta siguiendo lo establecido en el Corán, los Hadith (los dichos y las acciones del profeta) y la Sunna (la tradición). Para ello son partidarios de una yihad contra el infiel. No una yihad como lucha interior en una búsqueda espiritual de Alá, sino como la derrota, militar, ideológica y religiosa, de todos aquellos que no comparten sus particulares creencias. Eso provoca perseguir a los musulmanes de la rama de los chiitas o a cualesquiera otras tendencias del Islam. Es decir, todos somos infieles: cristianos, judíos y musulmanes no pertenecientes a esa rama extremista, pero también los ateos o los agnósticos. El «salafismo» considera que los elementos como la democracia, el modernismo, el capitalismo o los modernos sistemas sociales, son agentes nocivos para el Islam.
Es una necesidad absoluta prohibir estas manifestaciones «salafistas» en todo occidente y considerarlas, no solo como incitación al odio, sino como configuradoras de grupo terrorista. Toda mezquita y todo imán que predique esta tendencia, deberían ser cerradas y sus imanes detenidos por pertenencia a banda armada y/o por realizar actos preparatorios para cometer un delito. En su caso, debería ser deportado sin posibilidad alguna de volver a pisar, jamás, suelo español.
Pero claro, el problema es que el principal valedor de este movimiento es el reino de Arabia Saudí, cuyo gobierno es una monarquía absoluta que promueve en todo el mundo al movimiento islámico conocido como «wahabismo», versión sunita incluso más extremista que la «salafista». Al mismo tiempo la monarquía saudí es un aliado vital, tanto militar como por su petróleo de la Unión Europea, Japón y, especialmente, Estados Unidos.

Debemos elegir: O seguimos con una actitud pasiva y pseudoprogre o enfrentamos la realidad con las mejores armas del Estado de Derecho. Hay que actuar.

viernes, 18 de agosto de 2017

Con homilías así, normal que haya ateos

Creo que fue San Juan Bosco quien dijo que la mejor arma que empleaba el diablo para alejar a los jóvenes de Dios era el aburrimiento. Así de simple. Uno va a misa, se aburre; le hablan de las cosas de Dios, se sigue aburriendo, y deja de practicar la religión por simple y llano aburrimiento.

Les tengo que confesar –es una apreciación personal y, por tanto, absolutamente subjetiva- que el 90% de las homilías que escucho son completamente prescindibles y aburridas. No son más que una repetición de palabras angostas y barrocas mezcladas con cierta ñoñería sensibloide e ideas generales y ambiguas que apenas nadie entiende. Ni siquiera el cura que las pronuncia.

Hay excepciones, más de uno me dirá, y es, evidentemente, cierto. Como en todo, hay sacerdotes que pronuncian homilías magníficas, vividas, experienciales y que emplean un lenguaje cercano y asequible a sus fieles.

Pero es curioso: Cristo cogió toda la complejidad y magnificencia del Reino de Dios y la simplificó en parábolas, con el fin de que todo el mundo las entendiera. Y muchos curas has hecho exactamente lo contrario: coger la sencillez de las parábolas de Jesús y elaborar unas predicaciones complicadísimas y aburridas.

¿Por qué no hablar con sencillez y, a la vez, con profundidad, del Reino de Dios? ¿Es posible predicar sobre lo divino sin caer en ñoñerías, en simplezas y frases hechas?

Hace unos años descubrí a varios predicadores evangélicos de Inglaterra y de Estados Unidos. Desde entonces, sigo las homilías de varios de ellos por YouTube: Nicky Gumble, Judah Smith, Rick Warren, etc. Sus predicaciones nunca duran menos de 45 minutos, pero se hacen cortas. De hecho, si en mi ciudad hubiese un sacerdote que hablase así durante sus misas, acudiría sin duda, aunque las homilías durasen tres cuartos de hora.

Hablan con pasión, con autoridad, con sencillez pero con profundidad, con veracidad, con conocimiento, con experiencia, con astucia, enraizados en el Evangelio. A veces, hasta tiran del humor. Sus predicaciones transforman, te hacen descubrir una verdad que permanecía oculta, te encienden. Son evangélicos, sí, pero comparten una gran parte del cuerpo doctrinal con el Magisterio de la Iglesia católica.

Sus iglesias crecen; los jóvenes acuden, el Evangelio es vivido, se forma comunidad. Les tengo una sana envidia. No puedo evitar compararlas con nuestras parroquias católicas, tantas veces impersonales, rutinarias, frías y meras dispensadoras de sacramentos.

Algunos alegarán al leer esto que ataco a los sacerdotes. Nada más lejos de mi intención. Los quiero, los admiro, tengo muchos amigos entre ellos y les ayudo en lo que está en mi mano.Pero veo la realidad de muchas parroquias, y no puedo evitar pensar así.

Pero esto iba de las homilías. Es verdad que no es, ni mucho menos, la parte más importante de la eucaristía. Pero es la que puede tener un mayor poder transformador de los corazones y las conciencias. Y, en ocasiones, pienso que no hay derecho a hacerle perder 15 minutos a los 200 fieles que asisten a la misa diciendo obviedades, ideas vagas y ambiguas, repetitivas y sin vida. Lo que no se vive no se predica. Y la predicación que no se prepara desde la oración y la vivencia realista del día a día no llega a la gente.

Entre los 200 asistentes a la misa que mencionaba antes, hay mujeres que les han puesto los cuernos a sus maridos; maridos que maltratan física o psicológicamente a sus esposas; jóvenes que anoche se emborracharon y se liaron con un par de chicas; empresarios que engañan a sus clientes y empleados; empleados que hacen lo posible por escaquearse de su trabajo; niños que acosan a sus compañeros del colegio.

Por supuesto; no nos escandalicemos: entre los católicos que asisten a misa cada domingo, o incluso a diario, hay mentirosos, corruptos, violentos, fornicadores, adúlteros, criticones, odiadores, egoístas y envidiosos. Y también hay mucha gente herida por la relación con su esposo o esposa, adolescentes que se sienten solos y excluidos de su grupo de amigos, personas a la que les ronda por la cabeza la idea del suicidio, gente deprimida y cansada de vivir.

No; los 200 asistentes a misa no son ángeles. Tienen sus debilidades y sus heridas. Y el problema de los curas y de los políticos, como decía Unamuno hace ya casi un siglo, es que hablan para auditorios que consideran convencidos. Y ahí está el curilla, hablando de florituras y ñoñerías que ni él entiende y que no conectan con la vida real de los feligreses. Y el feligrés sale de misa igual que entró: con sus problemas, sus heridas y sin haber escuchado una palabra de esperanza. Si el fiel no encuentra la esperanza en la Iglesia, ¿dónde la va a hallar?

Quiero a los curas; rezo por ellos; con muchos tengo una relación de profunda amistad e intimidad, les admiro y trato de estar cerca de ellos siempre que lo necesitan. Pero falta en la Iglesia católica ese ardor, esa transmisión de esperanza y de fuerza que los feligreses necesitamos para vivir ardientemente el día a día.

Homilías vividas, apasionadas, claras, sencillas, amables, concretas, incluso amenas. Tomen nota de algunos pastores evangélicos. En predicación tienen mucho que aportar.

jueves, 10 de agosto de 2017

«Dando la ESO con suspensos no se premia el esfuerzo ni el trabajo, sino al vago»

Invita a la consejera de Educación a ir a sus juicios «para que vea la cantidad de chavales analfabetos» que pasan.

El juez de Menores de Granada Emilio Calatayud no muestra ningún reparo a la hora de criticar la decisión de la Consejería de Educación de dar títulos de la ESO a alumnos con dos suspensos sin necesidad de presentarse a la recuperación de septiembre, lo que ha suscitado una investigación por parte de la Fiscalía Superior Andalucía tras la denuncia presentada por la Asociación de Profesores de Instituto (APIA). Su opinión en este sentido es clara y contundente. «Me parece una barbaridad», sentenció.
En una entrevista concedida a ABC, el juez de Menores, conocido por imponer sentencias ejemplares, anunció que en septiembre va a remitir un oficio a la Delegación de Educación de Granada a través del cual invitará al responsable provincial, Germán González, para que acuda a sus juicios y «vea el nivel que tenemos».
Una invitación que tiene previsto hacer extensible a la consejera Sonia Gaya: «Estaría bien que viniera y comprobara la cantidad de menores analfabetos e incultos que tenemos». De hecho, no sería la primera vez que desde el ámbito educativo muestran interés por la situación que viven diariamente en los juzgados de Menores que dirige Calatayud. Ya el año pasado año recibieron la visita de un inspector de Educación, una experiencia «muy positiva», recordó.
Aseguró que muchos de los casos que tiene que juzgar «se tratan de chavales que a duras penas saben leer y escribir y yo me pregunto cómo esos niños pueden estar en 3º o en 4º de la ESO y ¿sabe lo que me contestan?, que por ley les tienen que aprobar», subrayó.
El juez Calatayud reconoce que puede llegar a imponer una media de más de 200 condenas a menores en un año en las que la única obligación que tienen es sacarse el título de la ESO. «Cuando pasa el tiempo, es lo que más llegan a agradecerme, porque tener un título les abre muchas puertas», recordó. Pero es que además, aseguró que al año también impone una media de entre 20 y 25 sentencias en las que obliga a los menores a aprender a leer y a escribir, «y hasta les hago un examen final si hace falta», destacó.

«Aprobados de despacho»

Y es que, tal y como afirma Emilio Calatayud, «la ESO deben sacarla ya sea por lo civil o por lo criminal». Dice que «a estas alturas» lo único que le sorprende es que en pleno siglo XXI tenga que dictar sentencias para obligar a los chavales a sacarse la ESO. «¿Esta etapa no es obligatoria?», se preguntó Calatayud, al mismo tiempo que se lamentó de que hoy en día los padres están «completamente desautorizados».
«No es posible que me siga encontrando a padres que me reconozcan que no pueden obligar a sus hijos a ir al colegio; a nadie le gusta estudiar, a mi tampoco me gustaba pero claro que hay que obligarles», se quejó.
Para el juez Emilio Calatayud, los «aprobados de despacho» le parecen «una vergüenza» al considerar que «no se premia el esfuerzo ni el trabajo sino al vago». En este sentido, no concibe cómo Educación ha aprobado a los alumnos suspensos en junio «cuando los exámenes de recuperación son en septiembre».
De igual forma, el juez Calatayud se mostró también «en contra» de dar becas a los alumnos que suspenden. «Yo no soy partidario de dar becas a los alumnos que no dan ni golpe, porque ese dinero sale de todos nosotros», apostilló.

Profesores sin autoridad

Sobre la denuncia presentada por APIA y la desmotivación que esta situación está provocando entre el profesorado, reconoció que el docente se encuentra «completamente indefenso». Indicó, a este respecto, que cuando un padre «pide cuentas a Educación por el suspenso de su hijo», lo primero que hacen desde la Inspección es pedir el programa educativo del docente, «sin ni siquiera ver primero el examen del niño».