sábado, 31 de octubre de 2020
《SUEÑO CON UNA ASIGNATURA [de Religión] QUE RESPONDA A NUESTRA SOCIEDAD, PLURAL Y MULTICULTURAL》
jueves, 29 de octubre de 2020
miércoles, 28 de octubre de 2020
La CEE propone integrar la asignatura de Religión en la educación en valores
El pasado jueves, durante la rueda de prensa posterior a la reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), el portavoz y secretario general, Luis Argüello, reconocía que en la reunión del pasado mes de julio con la ministra de Educación, Isabel Celaá, y su equipo habían planteado una integración novedosa de la asignatura de Religión y de su espejo Valores Cívicos y Éticos que podría resolver algunos de los problemas planteados por el proyecto educativo del Gobierno.
Pues bien, según ha podido saber Alfa y Omega, la propuesta del episcopado español pasa por que los contenidos de la asignatura de Religión se integren en el ámbito de la educación en valores, donde estos –comunes para todos– puedan ser explicados desde distintas perspectivas, entre ellas, la católica.
De este modo, se respetaría la dignidad de la asignatura y sus contenidos, se ofrecería una educación en valores asumible y se daría libertad para enraizar esos valores, por ejemplo, en la identidad cristiana. Se trataría de proponer los conocimientos, capacidades, valores y actitudes que necesitan todas las personas para vivir una vida fructífera, fundamentar sus decisiones y asumir un papel activo para resolver los problemas comunes de todos los ciudadanos.
En la citada rueda de prensa, el propio Argüello manifestó que desde el Ministerio de Educación le habían trasladado su intención de estudiar este modelo, pero, según añadió, todavía no habían recibido respuesta. «La respuesta de facto son las enmiendas que han realizado los grupos que sostienen al Gobierno. Enmiendas que nos preocupan mucho», lamentó el también obispo auxiliar de Valladolid, que, a renglón seguido, dijo que estas buscan «cercenar» la libertad de educación, tanto de los padres como de los centros.
Petición de unidad
Antes de abordar la cuestión de la educación, el portavoz episcopal quiso leer una reflexión al hilo de la actualidad que vive nuestro país, marcada fundamentalmente por la pandemia. Una alocución en la que hizo un llamamiento a la unidad y al diálogo, y postuló a la Iglesia como agente de reconciliación. «Constantemente se nos convoca por responsables políticos y sociales a la unidad y, sin embargo, son lanzadas al camino muchas piedras de división», dijo antes de apelar a la responsabilidad de todos los ciudadanos y de pedir «con fuerza» a los responsables políticos una senda de colaboración.
En concreto, ya en el turno de preguntas, manifestó que los obispos están «perplejos» ante la polémica generada entre administraciones a la hora de tomar medidas concretas para hacer frente a la segunda ola de la COVID-19. No entienden que «ante una situación tan grave, no haya acuerdo». «Por favor, logren acuerdos para que los ciudadanos salgamos de la perplejidad y podamos colaborar para contener la pandemia. Es momento para una propuesta de bien común», añadió.
Es especialmente grave, concluyó, que en una emergencia sanitaria se ponga en juego la dignidad de la vida humana o la libertad de enseñanza, la suerte de temporeros o migrantes, la situación de las residencias de mayores y de las familias más afectadas, o que se quiera hacer «una enmienda a la totalidad a la Transición».
lunes, 26 de octubre de 2020
Religión en las aulas, algo más que cultura
Invitado:Fernando García de Cortázar, Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto.
El debate sobre la enseñanza religiosa en los centros educativos parece haber entrado en una nueva fase en España. Al llegar la noticia de que Cataluña dotará a sus escuelas de maestros para que los niños musulmanes puedan ser educados en el islam, no ha habido muestra alguna de perplejidad o indignación en aquellos que, solo unos años atrás, enarbolaron la bandera del laicismo en la enseñanza pública. En absoluto me sorprende este desvergonzado silencio, porque no he dejado de decir, cada vez que he tenido ocasión de hacerlo, que ese presunto laicismo no era más que anticristianismo y, en especial, anticatolicismo. Resulta paradójico que lo considerado por esos sectores como un factor de segregación y oscurantismo, ahora se considere un elemento indispensable para asegurar la cohesión social. Y no puedo dejar de constatar el caradurismo de algunos intelectuales y políticos patrios, absurdamente calificados de progresistas, que habrán de poner a buen recaudo toneladas de verbo impreso contra la presencia de la religión en las aulas.
Ciertamente, algo resuena en el fondo de esa mala conciencia de jacobinos de vía estrecha cuando se refieren a su preferencia por una enseñanza en la que se impartiera «cultura religiosa». Tal actitud no es más que una manera presuntamente ilustrada de cargar contra la formación católica normalizada para aquellas familias que desean disponer de ella en la escuela pública. Estas familias quieren, por supuesto, que sus hijos puedan comprender el fenómeno religioso como un elemento innegable en el desarrollo de las civilizaciones: un vector de liberación o sometimiento, de esperanza o claudicación, en las distintas circunstancias del devenir histórico. Pero, además de ese conocimiento general, que aparece en cualquier rama del saber que se refiera al arte, a la literatura, a la filosofía o a las ideas del hombre sobre una sociedad justa, estas familias españolas desean que a sus hijos se les eduque en su fe. Y parece que, para buena parte de esos autoproclamados progresistas, tal demanda solamente adquiere dignidad, solo tiene rango de derecho y únicamente merece ser considerada una indispensable base de cohesión social cuando quienes la sostienen no son familias católicas. ¡Hurra por ellas!, ya que defienden como buenos musulmanes lo que otros solo saben llorar como despistados cristianos.
Una cuestión de fe
Tendremos, pues, que volver a tomar la palabra, aprovechando el silencio elocuente con que se anuncian las rebajas culturales de otoño, para afirmar algunas convicciones esenciales en este tiempo malo, durante una pandemia que amenaza incluso la estructura de derechos y deberes sobre los que se ha levantado nuestra civilización en largo aprendizaje. La enseñanza de la fe católica en la escuela ni se impone ni se camufla. No es un conocimiento más, archivado en una visión historicista de los movimientos religiosos. Es formación doctrinal, fundamento de vida de una familia cristiana, justificación última de valores morales y equipamiento de significado de su existencia. No es un saber cualquiera, es una cuestión de fe. A quienes han pretendido reducir a cenizas ese derecho, como si fuera privilegio anacrónico y ritual oscurantista oficiado por seres de incomprensible supervivencia en el siglo XXI, habrá que decirles lo que tan claro debería estar para nosotros.
La fe cristiana proporciona una idea del hombre libre, creado a imagen de Dios, inviolable en su dignidad, seguro de su trascendencia, digno de redención, aspirante a la eternidad y dueño de sus actos responsables. La palabra de Jesús sigue siendo nuestra forma de entender la fraternidad, que no debe confundirse con la humanitaria solidaridad. La vida de Cristo en la tierra, culminada con su agonía en la cruz, nos da el vínculo de sangre con nuestra salvación, restaurado incesantemente en la Eucaristía. La Resurrección, acto fundacional de la fe, promete al hombre su unificación con Dios y la superación de la muerte. A esta fe corresponde una tradición y una Iglesia que ha custodiado el Evangelio para preservar lo que Dios mismo nos dijo mientras vivió entre nosotros. Su mensaje encierra la exigencia moral de recordar que maltratar a nuestros hermanos, privarles de su libertad, permitir su miseria o desdeñar su aflicción, más que una falta cívica, es un pecado. Solo la fe nos proporciona esa conciencia profunda del bien y del mal y nos pone ante un dilema, inherente a la propia salvación y a la conmoción por el sufrimiento de Jesús. No, las familias católicas no solicitan una enseñanza de la cultura religiosa. Porque, para un cristiano, creer es más que adquirir conocimientos. Es dar fe de vida, pulsando la eternidad.
sábado, 24 de octubre de 2020
jueves, 15 de octubre de 2020
«La educación es una de las formas más efectivas para humanizar el mundo»
El Papa Francisco ha participado este jueves en el encuentro virtual organizado por la Congregación para la Educación Católica sobre el Pacto Educativo Mundial. Lo hizo a través de un videomensaje en el que ha puesto de manifiesto el valor de la educación para transformar la sociedad actual y «construir nuevos paradigmas capaces de resolver los nuevos desafíos y emergencias del mundo contemporáneo». «Cualquier cambio necesita un itinerario compartido», ha añadido.
En este sentido, ha afirmado que la educación «es una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia», una cuestión «de amor y responsabilidad que se transmite de generación en generación» y se propone como «el antídoto natural de la cultura individualista que degenera en un culto al yo y en la primacía de la indiferencia».
«Nuestro futuro no puede ser la división y el empobrecimiento de las facultades de pensamiento e imaginación, de escucha, diálogo y comprensión mutua. Es necesario un nuevo periodo de compromiso educativo que involucre a todos los agentes. Escuchemos el grito de las nuevas generaciones que manifiestan la necesidad y la oportunidad de un renovado camino educativo que no mire hacia otro lado», ha explicado.
Según el Papa Francisco, es el momento de firman un pacto educativo global con las generaciones más jóvenes que involucre a familias, escuelas, gobernantes, religiones… a toda la sociedad.
Un pacto que debe huir, ha continuado el Pontífice, de «las excesivas simplificaciones» sobre la utilidad, el resultado estandarizado, la funcionalidad o la burocracia que confunde educación con instrucción. «Se nos pide que busquemos una cultura integral participativa y polifacética», ha apuntado.
Promotores del cuidado y la paz
Así, ha pedido a los hombres y mujeres de la cultura, la ciencia, el arte, el deporte o los medios de comunicación que firmen este pacto, den testimonio y se hagan «promotores del cuidado y la paz, la justicia, la bondad, la belleza…». Y ha agregado: «No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan. Sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar nuestro procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y auxilio de las sociedad heridas. Estamos ante una la gran oportunidad de mostrar nuestra realidad fraterna».
Al inicio de su intervención, el Papa ha denunciado que la pandemia va a agrandar todavía más la brecha educativa y de los diez millones de niños que podrían verse obligados a abandonar la escuela a causa de la crisis. Una realidad que ha llegado a definir como «catástrofe educativa». Para el Papa, la respuesta a la crisis no pueden ser solo medidas sanitarias, que serán «insuficientes» sino van acompañadas de un nuevo modelo de cultura.
En este sentido, alzó la voz para reclamar que se garantice «el acceso de todos a una educación de calidad a la altura de la dignidad humana y de su vocación a la fraternidad». «Es hora de mirar hacia adelante con valentía y esperanza».
Durante su discurso, Francisco ha realizado siete propuesta para hacer realidad un nuevo modelo educativo.
- Poner en el centro de todo el proceso a la persona
- Escuchar la voz de los niños
- Fomentar la plena participación de las niñas y las jóvenes
- Tener a la familia como primera e indispensable educadora
- Educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables
- Comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso para que estén al servicio del hombre y de toda la familia humana
- Cuidar la casa común