domingo, 3 de julio de 2011

CIENCIA Y PREPOTENCIA

Intelectualmente, gran parte de España está en el siglo XIX. Peor que falso: está fósil. Todavía en 2011, hay quien explica la evolución como prueba manifiesta de la inexistencia de Dios.

La vieja controversia entre fe y razón, o si se quiere entre verdades reveladas y verdades alcanzadas por los hombres por sus propios medios, parece ya resuelta a estas alturas. Mucho más que en el siglo XIX (liberal o marxista, masivamente materialista al fin, si nos limitamos a las elites), en el siglo XX hemos tenido amplia ocasión de comprobar los límites y las dolorosas consecuencias de cualquier determinismo materialista aplicado a la vida humana. Muchos científicos, al menos si y cuando colocan su ciencia por encima de sus prejuicios políticos o ideológicos, ya no tratan la fe con el desprecio de algunos de sus predecesores. Unos predecesores convencidos, en nombre del Progreso, de la capacidad humana para saberlo todo y explicarlo todo, ora a través del Dinero, ora de la Clase, a veces de la Raza, a menudo de una Evolución con principio y fin en sí misma, y siempre, en cualquier caso, de una Ciencia divinizada.

A mediados del siglo XIX algunos espíritus inquietos ya percibían la dificultad de la convivencia entre los saberes, a la vez que la imposibilidad de explicar la realidad sólo desde una ciencia humana por definición limitada. Aunque hoy no apreciemos en toda su extensión la vertiente religiosa del problema, hay que entender que el liberalismo había irrumpido en el saber, bajo forma de iluminismo, rompiendo con muchas ideas establecidas. Y si el empirismo, el racionalismo, hasta el individualismo, el pragmatismo y el materialismo, pudieron contribuir al progreso en muchos saberes concretos –las que desde entonces llamamos por antonomasia
ciencias-, no es menos cierto que su divorcio de otras fuentes de saber y su negación de las mismas contribuyó no poco a la evolución intelectual y material de Europa en el siglo y medio siguiente. De todo esto y de sus riesgos ya había advertido un inglés poco común.

John Henry Newman se convenció de las limitaciones intelectuales del protestantismo en el que fue educado antes de su paso al catolicismo. Eunsa nos acaba de ofrecer, muy oportunamente, una reedición de algunos de sus discursos sobre la relación entre la fe cristiana y las ciencias naturales. Esta cuestión era candente en aquellos mediados del XIX, y no pocos tradicionalistas bienintencionados optaron por cerrar los ojos a ella. Newman, que quizá fue hombre más de nuestro tiempo que de aquél, explicó con palabras sólidas –pero de cátedra y no de púlpito- por qué todos los saberes son interdependientes, y por qué cada uno de ellos se arruina si pretende proseguir o triunfar desconectado de los demás.

Esta viejísima verdad universitaria parte de una realidad:
"… lo que es verdad en la ciencia […] podría llevarse a cabo en todos los casos si el hombre fuera un mero animal o un bruto sin alma. …". Pero el hombre es más que materia, y esto también tiene sus consecuencias en el conocimiento. Tal afirmación es, por supuesto, una verdad general, pero en pocos campos se demostró tan necesaria en los dos pasados siglos como en el de la identidad humana y la teoría de su evolución. Hasta tal punto es cierta esta interdependencia de las ciencias y la inevitable cojera de todas ellas si se limitan a sí mismas que aún hoy necesitan recordarla quienes, sirviendo a otros señores, tratan de investigar olvidándolas.

¿Un mono desnudo?

Nunca sabremos si el desconcierto lo creó directamente
Charles Darwin o si ha sido culpa de su vulgata y sus intérpretes. El hecho es que a día de hoy hay una Versión Oficiosa de la aparición y extensión del género humano en la Tierra que empieza con la aparición del Planeta y sigue linealmente por átomos, moléculas y células (pues la vida aparece casualmente en esa narración), y continúa con vegetales y animales superiores e inferiores, hasta llegar a los mamíferos y a un ´mono´ que, de alguna manera que nadie explica, se convierte de un día para otro en humano (con todo lo que esto supone, si supone algo).

Ariel contribuye a esta polémica con la reedición del libro de Eudald Carbonell no sobre la creación/evolución del hombre sino sobre cómo pobló toda la Tierra. Reuniendo a especialistas en esta ciencia, Carbonell enfoca su trabajo no en una sola línea, sino explicando por separado la población, no humana y humana, de los distintos continentes. Porque cada continente tiene su historia, y sus diferencias, de manera que el Homo sapiens se nos presenta, en su caso, como el más singular y peculiar de los animales, hasta el punto de… no ser un animal en el sentido estricto y evolutivo. ¿Un mono africano que emigró a otras latitudes? La variedad y la peculiaridad de lo humano complican mucho la respuesta, e impiden que nadie la de en solitario.

Todos somos emigrantes… pero no todos igual

En un libro de
Crítica, La gran migración, el brillante texto de Jordí Agustí, unido a los dibujos de Mauricio Antón, describe una de las principales características de los homínidos bípedos, distintos de otras especies animales por su capacidad para desplazarse y asentarse a toda la superficie de la Tierra. Lo que en el libro de Carbonellse explica desde los puntos de llegada, aquí se ve desde el que en su teoría fue, hace millones de años, el primer homínido que podríamos quizá considerar nuestro antepasado. O no. Porque la acumulación de datos, y la riqueza de información que proporcionan distintos yacimientos prehistóricos, humanos o no, siembran precisamente las dudas por las distintas posibilidades de unir los elementos en diversas explicaciones. Un conocimiento parcial de una ciencia permite que nos creamos conocedores de la realidad presente o pasada; emplear más a fondo varias ciencias obliga a reconocer la fragilidad de nuestro saber y la endeblez de las teorías que creímos culminadas y perfectas. "En las investigaciones científicas puede afirmarse, sin paradojas, que el error es en algunos casos el camino para llegar a la verdad, y a veces el único" .

Recordemos con el cardenal
Newman, en caso de duda, que "no hay atajos para el saber", que "el camino que nos lleva a él no va siempre en la misma dirección en la que termina, ni podemos ver el final cuando nos ponemos en marcha", y que "se llega a la conclusión final gracias a la cooperación de facultades distintas y con la perseverancia de generaciones sucesivas". Cosas que los grandes budas del saber supuestamente científico negaron, y que hoy toda la ciencia hace propios. Tanto más en lo relativo a la evolución humana, que es una de las materias más complicadas científicamente y a la vez más manipuladas ideológicamente por quienes quieren hacer de la ciencia un instrumento para la predicación de su materialismo, el que sea.

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